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Turismo en Asturias: mis ojos y sus verdes prados.
Viajamos a Oviedo para una revisión oftalmológica en la reputada clínica Fernández-Vega, para comprobar si me podía operar de la fastidiosa miopía que me achaca, y aprovechar también para disfrutar unos días de tan especial región. Yo ya había estado en otra ocasión pero cuando era pequeñita y no lo recordaba con nitidez. Así que estaba deseando de descubrirla de nuevo mediante el maravilloso plan en Asturias que habíamos organizado.
Nos desplazamos en coche, son unos 950km desde casa…Un paseíto para nosotros, amantes incondicionales de la carretera. Atravesamos los campos de Lleida, nos encantó el contraste de los colores tierra propios de su paisaje árido con el rosa intenso del mar de almendros en flor que recubrían las laderas. Cruzamos Aragón, La Rioja y Navarra. Y nos adentramos en el Pais Vasco, que nos recibió con niebla densa,cielo gris, viento y lluvia; un clima evocador que embellece aún más si cabe a sus bucólicos paisajes y que nos hizo recordar la escena de Ocho Apellidos Vascos en la que el sevillano penetra en Vasconia y el tiempo tormentoso le da la bienvenida. Metáfora cinematográfica que parodia la rudeza, la inclemencia y la severidad que el protagonista atribuye a este pueblo. Recordando los momentos de esta película siempre volvemos a reír.
Desde aquí bordeamos el litoral cantábrico,que nos agasajó con sus imponentes panoramas de acantilados y deliciosos prados verdes, hasta que llegamos a Oviedo después de unas 9 horas de viaje.
Nos alojamos en el Gran Hotel España, donde nos esperaban mis padres. El hotel, de 4 estrellas, era correcto. Sin ningún tipo de lujo, algo anticuado y deteriorado, pero limpio y con una magnífica ubicación en el centro de la ciudad. Y lo mejor, un precio muy bueno y un servicio agradable.
Esa noche, en la primera toma de contacto con la tierra de la sidra, fuimos a cenar a un restaurante que hacía gala a su nombre; Tierra Astur, situado a unos pasos del hotel. Fue una cena muy agradable. Un momento de reencuentro y de ponerse al día. La decoración del local nos pareció muy acertada, con un acabado rústico contemporáneo que lo hacía muy pintoresco en la que destacaba la disposición ascendente de las espaciosas mesas con sus bancos, todo de madera. Para comer pedimos un surtido de platos para compartir, entre los que no podía faltar una suculenta tabla de quesos asturianos. El aprobado al restaurante fue tan claro que repetimos la última noche.



Al día siguiente volvimos al coche con destino al Bosque de Muniellos, el cual se encuentra en los concejos de Cangas del Narcea e Ibias.Es el espacio natural más protegido del Principado, destacando por albergar una de las comunidades vegetales y animales más ricas de Europa. Muniellos es el robledal más extenso de España, su estado de conservación es óptimo, encontrando gran variedad de ecosistemas cuando lo recorremos. Muniellos sólo se puede visitar por 20 personas al día; esta restricción permite mantener el buen estado de conservación del bosque y la existencia tranquila de las mejores poblaciones de oso pardo y de urogallo cantábrico del país.Aunque los paisajes que vislumbramos tan sólo en el trayecto en coche ya merecieron la pena: pueblecitos encantadores, un verde deslumbrante, los paradigmáticos horrios (graneros elevados para mantener las semillas a salvo de la humedad) y el río bajando con fuerza... Lo mejor estaba por llegar y es que la naturaleza feroz de Muniellos te deja sin aliento. Un gran territorio en el cual domina la naturaleza salvaje. Bosques que parecen no tener fin, te invitan a perderte en ellos. Montañas escarpadas nevadas. Escenarios en los que no te sorprendería encontrarte con una xana o una ayalga, (ninfas y hadas del ideario mitológico astur) hechizándote con el sonido de fondo de gaitas y flautas. Muniellos es el gran desconocido de Asturias, en gran medida por su remota ubicación con respecto a la capital, pero visita obligada para imbuirte de la esencia del principado. En nuestro recorrido por las carreteras de la zona apenas nos cruzamos con un coche. Hicimos parada en el centro de interpretación de la Reserva Natural Integral de Muniellos, con una arquitectura singular muy respetuosa con el entorno. Su interior está conformado como un bosque. Tampoco nos encontramos con nadie allí de modo que la señora que atendía, amabilísima y afectuosa, pudo explicarnos detalladamente las singularidades de la reserva y resolver nuestras dudas.


Para comer nos decidimos sin duda, por un restaurante recomendado por la señora del centro de interpretación. Fue una elección perfecta y justo lo que andábamos buscando. El restaurante Funsiquín, en el pequeño pueblo de Xedré. Ambiente familiar y comida tradicional y casera. Pero casera de verdad y elaborada en el horno de leña. Las vistas estupendas y un trato afable y espléndido. Degustamos auténtica fábada asturiana, pote de berzas (guiso de berzas con patatas y caldo) que no conocíamos y nos pareció suculento y de segundo, un sabroso estofado de ternera y un típico salmón de la región. Con el café nos ofrecieron unas pastas de dátiles y natas tan deliciosas que acabamos comprando dos bolsitas para regalar.
Por la noche, ya de vuelta, en Oviedo, aprovechamos para dar un paseo por la ciudad que nos pareció muy bonita y con mucha personalidad y ese temperamento añejo de los lugares con tan larga y destacada historia. Entramos a visitar la Iglesia de San Isidoro dónde estaba teniendo lugar una liturgia cantada que me transportó al Oviedo del s.X, alma de la cristiandad ibérica. Cenamos en una sidrería para no irnos sin gozar de este milenario caldo de manzana y del espectáculo de su decantación, en el restaurante tuvimos una divertida confusión ya que pedimos Picadillo con patatas, pensado que se refería a una ensalada fría de verduras, lo que se conoce como picadillo en Andalucía y nos trajeron unas patatas fritas con chorizo picado, que es el picadillo asturiano.

El lunes lo dedicamos casi por completo a la revisión en el Instituto Oftalmológico Fernández Vega el cual constituye, desde hace generaciones, una referencia en oftalmología aunando la experiencia de más de 125 años con los últimos avances en investigación y tratamiento de las enfermedades oculares. Nos atendieron muy diligentemente y el personal fue realmente profesional y solícito. En general, los asturianos nos parecieron especialmente agradables y hospitalarios! Las instalaciones de la clínica estaban muy preparadas y contaban con tecnología puntera y dispositivos de alta generación manejados por una plantilla de la cual destacaría la rigurosidad.Aunque en el diagnóstico, durante la conversación final con el doctor hubiera deseado más concreción, más explicaciones y más soluciones. Muchas pruebas , para muy pocos resultados y aún menos remedios. Salí decepcionada.
Antes de cenar entré a La Vieja Majadera, una tienda de complementos, ropa y bisutería ubicada en la Calle Jovellanos, a unos pasos del hotel a la que ya le tenía echado el ojo. El escaparate ya invita a adentrarte a husmear. Presenta artículos muy singulares y divertidos en una mezcla de estilos: boho, hippy, folk, shabby chic…Y una vez dentro no te defrauda, con una selección de productos muy acertada y con mucho carácter. Colorida artesanía importada, con ropa estilo vintage, haraposos vestidos coloridos, zapatos y sandalias exóticas y todo bajo el manto de la originalidad y la exclusividad. La decoración de la tienda también juega a su favor. Sobretodo el probador, muy en consonancia con la manera de ser de la tienda. Yo no me pude resistir y me llevé unas cuantas cositas que me será difícil encontrar en otro sitio.


Esa noche nos acostamos tempranito y contentos por las nuevas experiencias que nos había brindado nuestro viaje a Asturias y ya impaciente por escribir nuevas pistas sobre qué hacer en Asturias. Al día siguiere teníamos 950 km que recorrer de vuelta a casa!
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